
Pros y contras de trabajar con un pariente
Para miles de jóvenes, las empresas familiares son la puerta de entrada al mundo del empleo. Una situación que tiene sus aspectos positivos si la manejamos responsablemente y sabemos diferenciar el afecto del trabajo.
Buscar el primer trabajo es un trabajo en sí mismo. Y por lo general, bastante intenso. Sin antecedentes laborales en nuestro currículum, no es sencillo lograr que se nos abran las puertas del empleo. La solución, muchas veces, llega de la mano de algún pariente (un tío, un abuelo, un hermano o primo mayor o incluso alguno de nuestros padres) que tiene un pequeño comercio, una PyME, un consultorio, un estudio contable o cualquier emprendimiento donde podamos dar una mano mientras adquirimos experiencia y ganamos nuestros primeros pesos.
Los miembros de la familia ya nos conocen y confían en nosotros. Suelen saber, además, en qué nos destacamos, qué nos interesa y qué habilidades podemos desarrollar mejor. Por eso, desempeñarnos como cadetes, asistentes, vendedores o ayudantes en sus empresas es una buena manera de empezar a explorar el mundo del trabajo. Si sabemos manejar la situación de forma seria y responsable, la experiencia puede resultar muy positiva. Pero hay que tener muy en cuenta algunas cosas.
• La regla número 1: no dejar que se confundan afecto y trabajo. El vínculo jefe-empleado tiene sus características particulares, que deben mantenerse vigentes mientras dure cada jornada de trabajo, más allá del lazo de sangre y cariño que los una. El trato recíproco tiene que adecuarse a ese vínculo. Hay que separar claramente las dos relaciones —familiar y laboral— y evitar que circunstancias o elementos de una se mezclen con la otra.
• Es imprescindible fijar con claridad las condiciones y pautas antes del primer día de trabajo. No abusar de la confianza del pariente ni creer que, porque ya nos conoce, podemos dar ciertas cosas por sentadas. Si vamos a necesitar flexibilidad horaria o esperamos tomarnos determinada cantidad de días para estudiar antes de un examen, lo mejor es conversarlo de antemano.
• No conviene que existan privilegios por el hecho de ser el hijo o el sobrino del dueño. Es más: eso puede generar mal clima dentro de la empresa si los demás empleados lo perciben como injusto. Así que tratá de dar el ejemplo y trabajar siempre como uno más, sin ponerte (ni dejar que te pongan) “coronita”.
• Depende de uno sacarle todo el jugo a esta oportunidad. Podemos limitarnos a cumplir con nuestras obligaciones y nada más. O aprovechar la buena comunicación y la confianza que ya tenemos con el jefe para indagar en aspectos de la gestión de su negocio que nos interesen. Preguntarle cosas, sacarnos dudas, acompañarlo, mirar cómo hace lo suyo, proponerle ideas, pedirle consejos y hablar con franqueza y sinceridad sobre cómo nos sentimos.
• Trabajando con un familiar, nos sobran los motivos para “ponernos la camiseta”. ¿Qué significa esto? Comprometerse a full con las tareas, dar lo mejor de uno y actuar con esfuerzo, pasión y responsabilidad. De esta manera, no sólo vamos a ayudar, desde nuestro rol, a que a la empresa le vaya mejor; también sumaremos herramientas, saberes y capacidades con miras a desarrollarnos profesionalmente ahí mismo o en otro lugar, en un futuro.
• Si sos de los que buscan independizarse por completo de los padres, siempre va a ser mejor que busques empleo afuera del círculo familiar. Quieras o no, trabajar con un pariente genera un nexo económico que algunos jóvenes pueden sentir como una barrera para tomar decisiones propias sin pedir permiso ni rendir cuentas a nadie.
Probablemente te liberes de los pasos típicos de un proceso de selección: entrevistas, tests psicotécnicos, exámenes de aptitud. Pero ¡ojo! La prueba más exigente es la que deberás rendir en el trabajo diario. Si no te ponés las pilas o no te tomás en serio la función, va a ser difícil que tu pariente-jefe te conserve el puesto por mucho tiempo… por más cariño y aprecio que sienta hacia vos.



